Articulo: Yungaino de verdad

UN YUNGAINO DE VERDAD (*)

Por: Asunción Caballero Mendez

De todos los sentimientos humanos, el amor a la aldea, al villorio, a la provincia donde uno ha nacido, ninguno es más natural y tierno. En Yungay pasé mi infancia; allí nacieron mis primeras inquietudes, los primeros amores sencillos, románticos, besos furtivos en los balcones y en los huertos y también el embrujo de los placeres a cielo abierto, entre maizales, peñascos y matorrales.

 Fue una infancia feliz, abierta, libre, sin barreras; gozar plenamente de la naturaleza. Pasear por los campos, bañarse en el río, subirse a los árboles frutales y aprovechar de sus frutos; comer el choclo tierno con quesillo de los campesinos. Ir de cacería y comer carne recién asada. Mirar el centellear de los rayos en el cielo y luego el retumbar de los truenos y mojarse después de una refrescante lluvia. Mirar nuevamente el brillar del sol con celajes de colores; con el despertar de toda la naturaleza. Pero, como todo en la vida no todo es dicha, también en Yungay surgieron los primeros desengaños, los primeros dolores y sufrimientos; esto nos recuerda de nuestra elevada condicion humana.

 Verdaderamente, la naturaleza dotó a Yungay de privilegios, paisajes maravillosos; parece ser que hace millones de años, al producirse el choque de los continentes, emergió el Huascarán: se produjo la ruptura y fraccionamiento de la Cordillera, formándose así el Callejón de Huaylas; con variados climas; tanto en la Cordillera Negra, como en la Cordillera Blanca; y un valle ubérrimo, con abundante vegetación y mucha agua; de allí el excepcional prodigio de la belleza natural de esta zona. El destacado fotógrafo Sean Bartley , profesional en la toma de hermosos paisajes de diversos países del mundo, en su álbum del Parque Nacional del Huascarán, dice lo siguiente: “Indudablemente, la Cordillera Blanca es una de la cordilleras mas hermosas del mundo; ninguna cordillera del mundo entero la iguala a combinación de fácil acceso, hermosos paisajes y clima benigno; verdaderamente un tesoro del patrimonio Nacional, un inmenso museo al aire libre”. Y, todo es cierto, por eso se dice que la tragedia de un ciego que visita Yungay, es no poder gozar del privilegio de mirar el encanto de una belleza natural singular; por lo que los yungainos tenemos tanto apego por nuestro terruño.

 Somos como el salmón, que tiene una rara y ejemplar costumbre: desova antes de morir, apenas nacen las crías, parten al gran océano en busca de mares helados, donde permanecen tres años atravesando mares enteros y al aproximarse la hora de desovar, remontando vientos y marea, superando cualquier obstáculo natural que se interponga, incluso son capaces de remontar una cascada vertical, para regresar al río donde nacieron. Es así con lo yungainos, es tal influencia del entorno, que llevamos impregnadas nuestras pupilas con la imagen de los ríos, lagunas y montañas; y, en el andar por los caminos del mundo, siempre se suele comparar  lo que vemos con los que llevamos dentro; y, por eso me sucedía que siempre miraba con nostalgia ciudades, montañas, ríos, lagos, mares, e inclusive paisajes y modos de vida de otros pueblos en latitudes variadas, en comparación con el nuestro, como las lagunas de llanganuco de un color verde esmeralda, en medio de farallones roca elevada, donde se yerguen los montes nevados Huascarán, Chopicalqui, Contrahierba, Yanapaccha, Shapraraju, Pishqo, Pirámide y Huandoy, y de donde el agua de los deshielos cae como vapor y durante las noches frías se convierte en estalactitas de nieve y la llanura con bosques de queñuales, cerrando el panorama el Huascarán, con sus cumbres nevada, de 6,768 m de altura; y, un poco mas al norte, el nevado Alpamayo, la montaña mas bella del mundo. Así la visión panorámica del valle es variada, campos floridos, que alternan con montañas encrespadas, de donde fluyen torrentes con tenaz apresuramiento y quienes habitan, hombres y mujeres, mientras trabajan, ríen, cantan y lloran.

(*) Tomado de la Obra “En el fuego de la Vida”  escrita por el Dr, Asunción Alberto Caballero Méndez, 318 paginas, Lima 2001, Editorial Tawuantinsuyo.

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