Articulo: Por las calles de Yungay

POR LAS CALLES DE YUNGAY

Fragmento de la obra:Mi vida, el mundo que conocí”

   Autobiografia de: Angelica Harada Vásquez

 

Recuerdo también que todos los domingos íbamos a escuchar misa a la ciudad, a Yungay, porque mi abuelita era  muy religiosa y, tras la misa, era tradicional visitar el cementerio, después nos  dirigíamos a la Plaza de Armas, por un heladito de Paulino, ‘washquito’ o Niza, una ‘shica shica’  (raspadilla) o cualquier dulce, y nos regresábamos  a Shacsha, no sin antes pasar por alguna de  las panaderías, cada una de las cuales  hacía una o varias formas  de pan que no se parecía a ningún otro. A la entrada del mercado se  expendían, en grandes canastones, los ricos panes de Chuquibamba, Huarascucho y Ranrahirca.

 Al recorrer esas calles, me atraía y divertía observar a los niños y niñas jugando la choteja (mundo),  el trompo,  los aros, el cirriaco (run run), los ñocos con bolitas de cristal y  apuestas con  ‘pushpus’  (fregolitos de colores y con figuritas) y el bolero.

 La ciudad nos seducía también con las dos salas de cine: “Huascarán”, la más antigua, que era también teatro, y “Grau”, que traía las populares películas mexicanas. Mis primos  mayores visitaban igualmente las salas de billar. Las más populares eran las de “Rocoto”  en la plaza, al fondo de un café-bar que tenía una radiola con canciones de moda y cuyo nombre original  era “El grill del Caribe”, la de “Shamuco” Salinas y  la de Fernández, esta última preferida  por los más viejitos.

 La Plaza de Armas era el lugar preferido para el paseo o reunión con los amigos. Por la  tarde sólo se escuchaba allí el viento surcando las palmeras, alguna vez los pasos apurados de la casi extravagante y solitaria ‘señorita Mona’,  o la voz ronca de ‘capachancho’ un bebedor callejero  que irrumpía, por encargo o propia iniciativa, injuriando  a diestra y siniestra, desde en  el día que -contaban los mayores- un regidor le destituyó del cargo que tenía como cuidador de los jardines.

 En ciertos restaurantes recalaban los arpistas, esos músicos solitarios que pueden encender la melancolía mejor que  ningún otro instrumentista. Aparecían también por recreos o chocherías, es decir las  fondas donde se preparaba  la agradable ensalada de chochos o tarwi, que se  come con cancha de maíz ‘terciopelo’ y se asienta con ‘betarraga’ (maltina con chicha de jora). Un virtuoso arpista y compositor fue Condolirio. Más tarde Lucho Losza se convirtió en un clásico  lugareño: tocaba el arpa y cantaba en el restaurante “El Pingüino”  y después en su ‘recreo’ que tenía cerca de Cochahuaín. Eran reclamados también en las fondas de Doña Julia, Cantagallo, Puturreal, arpistas talentosos como Antonio Maza, Pastor Aguilar, Miguel Perez, Mishi, Chumi y otros que ‘humedecían la garganta, los ojos y la tarde’ en encuentros amicales memorables.

Por las noches, las serenatas eran continuas en los barrios de Huambo y Mitma. En ellas intervenían  músicos, bohemios  y una larga lista de ‘románticos’. Llegaron a ser memorables los nombres de  Teófilo Fuentes (y su bandurria), César Murga, Danilo ‘Gato’ Bambarén, Jorge Rodríguez, Javier Caballero Mendez, Jorge Ángeles, Mally Giraldo Vásquez, Alfredo Silva, Juan Osorio  Figueroa, Toto Dextre, Coqui Chávez, Juan Vásquez, Raúl ‘Loco’ Villón, ‘Popo’ Pérez, Ricardo ‘Callixto’ Vásquez, Driesch y Nils Tamayo, Gilbert Salazar, Carlos Olivera Ángeles, Orlando Huincho, todos ellos perseguidos implacablemente por el Guardia Civil Pedro Armas, celoso custodio de la ley que era temido  y hasta malquerido, hasta que su tragedia personal  inclinó hacia él el sentimiento solidario del pueblo y se reencontró   con el afecto de los yungaínos.

Había también otros músicos, más diurnos, agrupados en la orquesta “Sol de Oro” y en tres bandas: “Juventud Yungay”, dirigida por Don Octavio García, “Victor Cordero de Ranrahirca” dirigida por Don Arturo Rojo, las que animaban todas las ceremonias públicas,  los partidos de fútbol y las retretas, y la conocida  burlonamente con el sobrenombre del que tocaba el bombo: “Huehuash” (comadreja, en quechua de la zona),  banda esta última de la campiña de Acobamba, alegre pero algo desordenada y  desafinada, que atendía los compromisos  de la gente más humilde; su paso por las calles de Yungay causaba revuelo, especialmente entre los niños.

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