Anecdota_CLASES DE TIRO AL BLANCO

CLASES DE TIRO AL BLANCO (*)

 

En las décadas de los años 1950 y 1960, en muchos planteles del país los alumnos del quinto año de Primaria y de toda la Instrucción Secundaria, llevaban el curso de  Instrucción Pre militar (IPM); en Yungay a cargo de dicha materia estaba el Sub Oficial Ricardo Mejía, personaje  de grandes calidades militares pues sus rasgos denotaban una rectitud a toda prueba, y querondon como nadie para con su tierra; a él se debe la inscripción de “YUNGAY HERMOSURA” en las faldas de cerro Atma, que hoy inexplicablemente luce desaparecida. Recuerdo que él había coordinado con los directores y profesores de los  planteles de la ciudad de Yungay para que lo ayudaran en este propósito, tocándonos a los alumnos llevar piedras de diferentes tamaños así como el agua en pequeños recipientes y el yeso para hacer el blanqueado correspondiente, y en cada visita al lugar escogido, veíamos como el Sub Oficial conjuntamente con otro profesor, poco a poco hacían los trazos para nosotros excavar la tierra, donde luego se calzarían las piedras en estricto alineamiento, de manera tal que se formara las palabras con que bautizara a Yungay el sabio Antonio Raimondi.

El celo que se ponía en el trabajo era mayúsculo, a tal punto que hubo rectificaciones en el tamaño de las letras que se estaban diseñando, pues la frase “YUNGAY HERMOSURA” debía leerse en principio desde la plaza de armas de la ciudad y luego también ser vista desde diversos ángulos de la carretera principal que unía a las ciudades de Caraz por el Norte y a Huaraz por el Sur.

Con ello, sustentaba el referido Sub Oficial,  que “toda la población de Yungay deberá tener en cuenta que su tierra no era cualquiera sino una muy especial, por lo que había que quererla y defenderla”, y para los que venían, a visitar, llamarles la atención, porque aquí encontrarían lo mejor de toda la zona: clima, circuitos turísticos variados, hospedajes cómodos, guías de turismo, buena comida, etc, etc; el Sub Oficial Mejía tenía muy en claro,  la concientización que había que hacer para levantar la imagen turística de Yungay.

Su rectitud se manifestaba cuando llamaba la atención a todo el alumnado para que esté bien uniformado: botón de color azul al costado de la cristina, las cintillas del galón bien puestas lo que significaba el grado cursado, las camisas y pantalones color cake con líneas bien demarcadas lo que denotaba un buen planchado, los zapatos bien lustrados y un corte de pelo “a lo colegial”, si era donde el peluquero “lux”, mucho mejor, porque “este señor si sabía cortar el cabello”; es decir, a su entender la presentación del alumno “decía mucho de él”; y si era incorrecta o no había aseo personal o uno llegada tarde al colegio, los alumnos eran llamados a un recinto en el interior del colegio o a cualquier esquina de la plaza de armas de la ciudad, para castigarlos severamente. ¿y en qué consistía el castigo del Sub Oficial?. El favorito era llamado “al infractor”, el cual consistía en mandar agacharse en posición de cuatro patas y le decía que no se moviera so pretexto de hacerle un castigo más grande, a lo que el susodicho resignado tenía que obedecer sin emitir queja alguna, hasta que sentía recibir una reverenda patada que el Sub Oficial les daba, pero que en realidad era una tremenda lustrada de sus botas previamente embadurnabas con betún negro, que abarcaba desde las pantorrillas y muslo posterior de los pantalones hasta llegar a las posaderas. El Sub Oficial estaba bien  entrenado en este menester pues pude apreciarlos en reiteradas oportunidades, despertando mayor temor entre los alumnos mas indisciplanos. Quizás, consideraba él, que “era una forma práctica de impartir disciplina”. Y vaya, que nunca hubo queja alguna de algún  padre de familia por este “sorprendente castigo”.

Al Sub Oficial, le encantaba tener a sus alumnos en actitud positiva, ¡soldados! nos decía: “Tenemos que estar bien preparados anímica y físicamente, pues de lo contrario no podremos enfrentar al “enemigo” terminaba indicando;  Si se concurría al Stadium Fernández, ya estábamos mentalizados acerca del objetivo, pues una vez allí, teníamos que hacer marchas y contramarchas, saltos de rana alrededor del campo de fútbol, planchas en número no menor de cincuenta, etc., pero lo que quizás probó nuestro temple, fue aquella carrera al cerro Atma, que si bien iniciamos, solo a los quince minutos nos mandó regresar, porque estaba visto que no   volveríamos en las dos horas que tenía el curso. “Para otra vez será”, se lamentó.

Veamos hora la anécdota que nos trae a propósito:

Estábamos en Quinto de Secundaria; ese año egresábamos del Colegio Santa Inés y, sobre uso de armamentos solo habíamos aprendido la teoría.  El Colegio tenía en la Dirección una zona para guardar armas, y recién al sacarlas pudimos conocer los famosos fusiles máuser, que decía “se habían utilizado en la guerra con ecuador en 1940”. El Sub Oficial nos manifestó que haríamos prácticas de tiro, pero para ello había que seguir sus instrucciones al pie de la letra, como el desarmado y el limpiado del arma, la forma de agarrar el arma tanto de pie como en posición tendido, el rampado con el arma como medio de avance hacia otro lugar, la presentación y modo de llevarlo en las marchas, el señalamiento de la zona de tiro, etc, etc. Después de esta charla, nos dijo que haríamos dos tiros de prueba y cinco tiros de práctica, y que había que acotar un monto (creo fue de un sol de oro) para reponer las balas  y que otros alumnos también hicieran su práctica.

Bueno, el lugar elegido fue el cerro Huiscorcoto (Quechua: Morada de los gallinazos), zona donde hacían prácticas de tiro los lugareños desde hace ya buen tiempo. Así es que el día y hora prefijados nos encaminamos cada uno con su fusil al hombro, marchando “como para ir a la guerra”; en el lugar de los hechos, el Sub Oficial escogió ocho alumnos para hacer grupos de dos y le entregó a cada uno una bandera roja para que sea puesta en la parte más alta del lado: Este, Oeste, Norte y Sur del cerro; así es que se buscaron árboles, palos, etc. en cuya punta flamearían las banderas y se verían de lejos, siendo el lado más alto el correspondiente a un montículo constituido por enormes piedras ubicado en el lado Oeste; y “se pone en los cuatro puntos”, nos explicó, “para que la gente no pase por aquí porque es una zona de tiro”, y “hasta que se retiren las banderas, que es un signo de que ya se acabaron las prácticas”.

Loa blancos o bulls  venían preparados al parecer por el ejército y estos consistían en papeles cuadrados de unos 80 cm por lado, con dibujos redondos concéntricos cada vez más pequeños, y se nos indicó que valía más puntaje y se beneficiaba quien acertaba con el tiro más al centro de ese dibujo. Bueno, estos blancos se pusieron a la mitad de altura del lado Oeste; desde allí, nos dirigimos al frente (Este), más o menos a una distancia de cien metros en línea recta, para hacer los tiros pertinentes.

Después de hacer los tiros de prueba respectivos, ya estábamos familiarizados en el uso del arma y luego de ver nuestros blancos con los huecos correspondientes, sirvió también para corregir la desviación de la “mira” del arma, pues con el tiempo había sufrido desperfectos.

El Sub Oficial había dispuesto que los alumnos más altos en estatura de la sección hagan el tiro parados, pues podrían soportar el “culatazo” que hacía la fuerza del disparo. Y los más bajitos entre los cuales me encontraba, junto a otros con mi amigo “el chino”, el de la anécdota “Las frutas del solar” a mi costado, nos tendimos en los hoyos que ya estaban preparados y que nos servían de apoyo para hacer los disparos.

A una orden comenzamos a disparar, y el encargado traía los resultados, aprobando o desaprobando el Sub Oficial. Cuando me tocó hacerlos, confieso que no hice un buen puntaje. Al hacer “el chino Ramirez” sus disparos, y fueron a traer el papel del blanco o bull, en realidad, el bendito papel estaba intacto por cuanto no se ubicó ningún agujero, a lo que el Sub Oficial sonriendo le dijo: “el tiro al blanco consiste en tirar al bull de papel que hemos colocado”,” pero “Ud. ha tirado y se ¡¡ ha bajado la bandera ¡¡”, fue entonces cuando alzamos la vista y efectivamente la bandera ya no estaba en el lugar que se puso como señal, a lo que todos los compañeros no pudimos aguantar y reímos a carcajadas. Desde esa fecha el “chino“ se constituyó en nuestro “tirador perfecto”, y las féminas del salón, que dicho sea de paso en la promoción eran en número igual a la de los varones, no se explicaban porque, pero como querían saber insistentemente, alguien aclaró todo, causando aún más, hilaridad en el ambiente escolar.

 (*) Por Fortunato Mendez Melgarejo, promoción 1965 de la GUE Santa Ines de Yungay.

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