Anecdota: Las frutas del solar

LAS FRUTAS DEL SOLAR 

     Por: Fortunato Mendez Melgarejo                    

 Muy pocos sabían a quien pertenecía la huerta ubicada a una cuadra de la Plaza de Armas de la antigua ciudad de Yungay; al estar en una de las esquinas de relativo poco tránsito, detrás de la casa del Dr. Arias, estaba cuidadosamente cercado con muros de adobe de unos cuatro metros de alto, pero si embargo saliendo del Colegio cuando nos dirigíamos al Estadium Fernández a realizar prácticas de educación física, podíamos comprobar la existencia de la huerta porque veíamos desde la calle que sobresalían ramas con hermosas y apetitosas frutas, como peras, manzanas, pacaes, entre otras, que invitaban al más cucufato a comerlas, dándonos las impresión de que al propietario no le interesaba recogerlas, dejándolas a la vista e imaginación de los habituales transeúntes que ya estamos acostumbrados a considerarlos como parte “intocable” del ornato de la ciudad.

 Antes de proseguir con ésta narración, permítaseme aparejar otros que tiene relación con él: En el único Estadio oficial que tenía la ciudad, se practicaban diversas disciplinas deportivas como el atletismo, el fútbol, natación etc.; allí nunca vi una corrida de toros, pero sí instalarse un circo, y  hasta se realizaban prácticas de Instrucción Pre Militar;  este recinto estaba a cinco cuadras al norte del centro de la ciudad, existiendo  al costado del Estadium una chacra donde se cultivaban unas deliciosas fresas que, experimentalmente supongo yo, la sra.Albina Villón las trajo de la costa para cerciorarse de su aclimatación antes de sembrar a lo grande;  es del caso que los tallos de estas plantas se sembraron dentro de un alfalfar, de  modo que tal que solo los propietarios conocían sobre la existencia de la plantación, de su proceso de crecimiento y maduración, luego del cual ordenarían la recolección “secreta” de las fresas.

 Un día, cuando ya regresábamos peloteando del Estadium, de casualidad la pelota salió “pifiada” hacia la chacra cercana sembrada de alfalfa, al buscar la pelota nos dimos con la  sorpresa de la existencia abundantes fresas maduras, que al probarlas tenían un sabor exquisito, motivo por el que decidimos que lo mejor era “cosecharlas” llenando totalmente nuestros maletines deportivos; estábamos en plena “faena”, cuando los recios y grandulones peones de la referida sra. avistando lo que estábamos haciendo, vinieron con el firme propósito de apalearnos o tal vez  agarrarnos para llevarnos a la comisaría, lugar donde llamarían la atención de nuestros padres y profesores, lo que desde ya se consideraba una vergüenza y un escarmiento comunal, todo ello, sin contar con la reprimenda y el castigo familiar así como de posible expulsión de las aulas escolares a los que nos habríamos hecho merecedores.                                                                                                 

Del nivel de la carretera por donde se transitaba, al piso de la chacra de la referida plantación habría más ó menos un metro y medio de alto, por lo que cuando empezaron a corretearnos los peones, mis amigos como sea treparon y lograron ganar la calle, pero yo el más menudo hice hasta tres intentos para salir con mi preciada carga, pero no pude; en eso, tratando de escabullirme por el alfalfar que ya estaba crecido para su cosecha, enfilé al lado opuesto, pero la mala suerte hizo que me chocara con una pared de adobe más alta que el desnivel anterior; considerándome ya irremediablemente perdido me dirigí por una salida que ni el más osado lo hubiera hecho, cual es, la de saltar encima de la cerca de abundantes arbustos espinosos compuesto por penkas y tunas; de esta acción si bien salí con gran cantidad de incrustaciones en el cuerpo, todos los amigos acordamos no decir ni una palabra al respecto, porque sabíamos que los días siguientes se estarían investigando por la Guardia Civil, que por esas épocas era muy efectiva; igualmente, no obstante la abundante cantidad de fresas que habíamos obtenido, tampoco pudimos gozar libremente de las mismas ni compartir con nadie, pues de la discreción dependía en gran medida nuestra seguridad. Es así, que acordamos la necesidad de cambiar de hábitos en la vestimenta, en el peinado, lugares de reunión, hasta de estudios lo que se tradujo, para alegría de nuestras familias, en mejores notas y comentarios de alabanza de nuestros profesores, menciones que creímos nunca nos honrarían pero que el cambio de actitud pudo lograr. Tamaña osadía nos había cambiado por completo, pues ahora éramos fieles cumplidores de nuestros deberes y de las diversas acciones escolares que se programaban.

 Recuerdo otra anécdota que sucedió en época de lluvias que es cuando las frutas maduran muy rápidamente; los pacaes de mi chacra estaban en su punto para recogerlas, y como diría mi abuelo eran “Curapa Micunan” (comida como para el cura). Un día nos fuimos toda la familia y mis amigos a un sector de la chacra llamada “El palacio” que era donde estaban los pacaes, llegando penosamente trepamos a los árboles porque no tenían apoyos y se encontraban muy resbalosos; teníamos la recomendación de recoger “Silbando”,  después sabríamos que era para no entretenernos comiendo;  a modo de competencia,  cada  cual  quería  recoger la mayor cantidad de pacaes, por lo que trepábamos más y más hacia la punta, cuando en una de esas la rama por donde yo subía empezó a quebrarse; pretendí asirme a las que me circundaban pero éstas eran tan débiles que se rompían muy rápidamente, por lo que empecé a pedir auxilio al ser mi caída inminente; en eso siento que una mano grande y fuerte me agarra de los pies y evita que prosiga cayendo ya de cabeza hacia el piso húmedo; este era el Tío Lucas, hermano de mi madre, quien providencialmente subía en ese momento por el árbol. Así que soportando la reprimenda del caso y con el “dolor de mi corazón”, no tuve más remedio que estarme quieto por el resto de la tarde.

 Todo iba bien hasta que alguien preguntó de cómo estarían las frutas del solar “intocable” al que muchos querían entrar, pero nadie se atrevía; bastando solo una mirada para ponernos de acuerdo e ir a dar una chequeada; comprobamos que estaba llena de frutas maduras pero también nos enteramos de los comentarios acerca de la existencia de  guardianes que las cuidaban, y para disuadirnos aun mas  decían que existía una calavera furiosa que  tiraba piedras a todo el que entrara a la huerta, la que podría herir de muerte a los intrusos, amén del Guardia Armas, quien lo veía todo.

 El reto se tornaba interesante. Pero, el paso previo era analizar por donde se entraría, la hora más conveniente, la cantidad y lugar donde estarían los custodios, así como imaginar la ubicación exacta de los frutales. Es así que decidimos que lo mejor sería cualquier oscura noche para que nadie nos reconociera; abonando en nuestro favor el hecho de que por esos tiempos el alumbrado de la luz eléctrica dejaba mucho que hablar, a tal punto que a los administradores de este servicio burlonamente les decían que una vela alumbraba más que un foco. Por el costado de la puerta de entrada se formaría una escalera humana hasta trepar  a la cima del muro, de allí saltar, para dirigirnos seguidamente a recoger las frutas de los árboles, que  luego del tiempo y el silbido convenidos saldríamos con el mismo método de entrada, para finalmente encontrarnos en una esquina de la ciudad donde podriamos intercambiar y saborear las frutas. Con la seguridad de que nadie vendría a cosechar en ése momento, y amparados en la oscuridad de la noche, consideramos que no era necesario que alguna persona en la calle hiciera  de campana., Cuando llegó la fecha y hora escogida, la aventura salió a pedir de boca, pues se había planeado con una precisión tal, que no se escuchaba ningún ruido, y, los presuntos custodios también brillaban por su ausencia, no habiendo tenido por lo tanto, contratiempos que lamentar.

 En la esquina prevista para la repartición, recuerdo que justo en ése lugar e instante, estaba dando serenata a la hija de una de las familias más pudientes de la localidad, el “Trio América ” a la sazón el conjunto más famoso del momento, y como teníamos que pasar por allí nos quedamos como quien escucha a  dichos músicos esperando los invitaran a pasar al interior de la casa para que continúen amenizando la supuesta fiesta de cumpleaños, ó a tomar el famoso caldo de gallina; pero nuestra sorpresa fué mayúscula cuando comprobamos que a estos serenateros, por una pared junto a la azotea, les echaron abundante “agua de florero”, entiéndase orines, como para que ya no siguieran molestando, lo cual así fué, y en su intento desesperado por escabullirse, se metieron por una acequia que conducía el desagüe de la ciudad. Como es natural, nosotros esperamos hasta que todo se calmara, y luego no dirigimos a un sitio que estimamos seguro para hacer el reparto acordado.   

 En mi ciudad había que tener cuidado al elegir el lugar de reunión sobre todo en horas de la noche, y, peor aun tratándose de personas que eramos menores de edad. ¿Por qué? porque una persona muy especial de la ciudad era el vigilante  más celoso que se haya conocido jamás, llamado muy cariñosamente el “Guardia Armas”; efectivamente, éste señor prestaba servicios a la Benemérita Guardia Civil del Perú, y se apellidaba Armas, de allí su denominación combinada; graficando su accionar, debemos recalcar que a él no le gustaba nadita que los alumnos lleguen tarde a sus clases, ó que estos se  hagan “la vaca” ( no asistir a clases por gusto), e instaba a ser más cumplidores de los deberes y obligaciones; es por ello que si de distracciones nocturnas se trataba, usualmente tenía que contarse con un campana, ya que de lo contrario no sé de donde salía ó quien le avisaba, pero el hecho es que siempre estaba presente para interrumpirlas; sino, pregunten Uds. a los planeadores enamorados), a los billaristas, piscineros, etc, quienes pueden dar fé,  algunos  de  los cuales, muy a su pesar fueron sacados de la diversión y llevados de las orejitas al colegio, y en el mejor de los casos a sus casas, y, si había resistencia, al calabozo, para el día siguiente hacer trabajos comunales que la autoridad dispusiera, con la pasada de vergüenza correspondiente; imagínense, como eran los “castigos” antes del año 1970.

 

Entonces, ¿cual habria sido la causa de  la ausencia del referido infaltable Guardia? ¡deberá ser por algo muy especial!, nos contestábamos. Por una infidencia nos enteramos que por esos días y noches un galán rondaba su casa cortejando a la hija,  quien, ¿como casi siempre sucede?, no era de su agrado como para entrar en la familia, por lo que tenía que ahuyentarlo sin dar explicación alguna. Por esa razón, esa noche, los serenateros estaban metiendo bulla por todo sitio, y nuestra aventura nocturna se desarrolló apaciblemente.

 Llegado el momento del reparto, cada uno de los concurrentes sacó debajo de su camisa, las frutas que había recogido; estos a duras penas los apreciábamos por  la oscuridad reinante, reconociendo así las peras de agua, las manzanas y los pacaes; pero como siempre tiene que haber algo adicional para contar a los amigos, sucede que a quien estimábamos  como el “chino”, al hacer lo propio, tímidamente sacó un par de ramas de sauce de entre su ropa y los puso en el suelo; al principio creímos que nos estaba tomando el pelo, pero al escuchar su “argumentación” le dimos la razón.

 Qué es lo que había pasado en realidad?; sucede que cuando entramos a la huerta, la negra oscuridad hizo que éste amigo al pisar el suelo se desorientara, y a tientas supuso que “su” árbol  estaría en el lugar prefijado, causándole extrañeza no encontrar ninguno, por lo que sigilosamente se dirigió a otro, y sin palpar ni cosa por el estilo se subió al que encontró a su paso. Más sorpresa se llevó, cuando al intentar recoger de algunas ramas las frutas, tampoco encontraba una, siendo lo peor, que menos podía comunicarse con nosotros por cuestiones de seguridad; así es que, allí, encaramado esperó la señal de salida, la que una vez escuchada fué acatada para bajar del mismo y ganar la calle; pero, previamente resolvió llevar una prueba para que le creyéramos, pues temía que nos burláramos de él si se comprobaba que no había subido a ningún árbol, por lo que arrancó las dos ramas de sauce que ahora estaban junto a nosotros.

 En los días posteriores, el “chino” fué el punto del cochineo”  (burla), ya que causaba mucha risa su “brillante participación”.

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